La situación en Minneapolis representa una escalada sin precedentes de la autoridad federal, con miles de agentes federales enmascarados operando con jurisdicción cuestionable, agrediendo a civiles y provocando enfrentamientos, todo ello en contra de los deseos explícitos de los líderes locales y estatales. Esta no es simplemente una operación de aplicación de la ley; es un acto deliberado de coerción política por parte de la administración Trump, que pone a prueba los límites del poder federal sobre la soberanía estatal.
El asesinato de Alex Pretti y la escalada de violencia
La muerte a tiros del enfermero Alex Pretti, de 37 años, por parte de agentes federales pone de relieve la imprudencia de esta intervención. Este fue el segundo caso este mes en el que las fuerzas federales recurrieron a fuerza letal segundos después de atacar a civiles que no representaban ninguna amenaza. Este patrón de comportamiento agresivo plantea una pregunta crítica: ¿por qué los funcionarios de Minnesota no pueden detener esto de manera efectiva?
La respuesta está en la estructura fundamental del federalismo estadounidense. Si bien el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, y el gobernador Tim Walz han solicitado repetidamente al presidente Trump que retire a los aproximadamente 3.000 agentes de inmigración (excediendo las fuerzas combinadas de los diez departamentos de policía más grandes de la región), los gobiernos estatales carecen de autoridad directa para expulsar a las autoridades federales. El gobierno federal es, en teoría, el máximo protector de los derechos de los ciudadanos cuando los funcionarios locales fallan. Sin embargo, Trump está utilizando este principio como arma para castigar a sus oponentes políticos, un acto que socava los cimientos mismos de la unión.
Los límites de la resistencia estatal
A pesar de las crecientes tensiones, con la policía local condenando los disparos de Pretti y Renee Nicole Good, los funcionarios estatales están limitados por realidades legales. La activación de la Guardia Nacional por parte del gobernador no es un desafío directo a la autoridad federal sino más bien un amortiguador para mitigar la violencia. El enfoque de Walz es cauteloso y reconoce que una resistencia abierta podría desencadenar una respuesta federal aún más severa.
Actualmente, Minnesota está buscando soluciones legales, incluida una orden de restricción temporal para preservar las pruebas y una demanda más amplia para detener los despliegues. Esta moderación no es debilidad; es un intento calculado de evitar una mayor escalada, dado el aparente entusiasmo de Trump por declarar una “insurrección” y desplegar tropas federales.
La amenaza de la Ley de Insurrección
Trump ya inició investigaciones penales contra Walz y Frey, creando pretextos para invocar la Ley de Insurrección. Esto le permitiría desplegar tropas federales contra los residentes del estado, una acción que acercaría a Estados Unidos al conflicto civil más de lo que lo ha estado en más de un siglo. La retórica del gobierno, al etiquetar a los manifestantes como “terroristas nacionales”, subraya esta intención agresiva.
Los agentes de ICE ahora están documentando a personas que registran sus acciones como “terroristas nacionales”, lo que demuestra aún más la escalada. Un incidente inquietante en Maine ilustra esto: un oficial de ICE bromeó acerca de ingresar grabaciones civiles en una base de datos nacional. Esto pone de relieve lo absurdo de la operación, que tiene poco que ver con la inmigración o la delincuencia sino que tiene motivaciones puramente políticas.
Precedente histórico: cuando se desplegaron las tropas federales
El uso de tropas federales a nivel nacional es poco común pero no tiene precedentes. Desde Dwight Eisenhower federalizando la Guardia Nacional de Arkansas para imponer la integración escolar en 1957 hasta Lyndon Johnson desplegando tropas durante los disturbios de Detroit de 1967 (que resultaron en muertes de civiles, incluida una niña de 4 años muerta por fuego de la Guardia Nacional), la historia muestra los peligros de la intervención federal.
Sin embargo, incluso estas intervenciones ocurrieron típicamente cuando funcionarios estatales se negaron a proteger los derechos civiles o fueron los propios agresores. Las acciones de Trump desafían este precedente. Está desplegando fuerzas sin una justificación legal clara, únicamente para ejercer presión política.
El camino a seguir: moderación en medio del caos
Por ahora, los funcionarios estatales y locales están dando prioridad a los desafíos legales y la reducción de la tensión. La situación es impredecible y el comportamiento errático de Trump hace imposible pronosticar los próximos días. El riesgo de una mayor escalada es alto, con 1.500 tropas federales ya en alerta en Alaska.
Si bien los activistas exigen una resistencia más fuerte, la precaución puede ser la única estrategia viable. Cualquier confrontación oficial podría brindarle a Trump la excusa que necesita para desplegar tropas federales, empeorando la situación para todos los involucrados.
El enfrentamiento actual pone de relieve una crisis fundamental: la erosión del federalismo bajo un presidente dispuesto a ignorar las normas constitucionales. El futuro de Minnesota, y potencialmente de la nación, depende de afrontar este momento sin precedentes con moderación y rigor legal.
La situación en Minnesota no es simplemente una cuestión de aplicación de la ley; es una prueba de la propia democracia estadounidense.















