El explosivo éxito del drama de hockey Heated Rivalry ha desatado un nivel de obsesión de los fanáticos que se está convirtiendo en acoso, doxxing y conflictos en el mundo real. Lo que comenzó como admiración por las estrellas del programa, Connor Storrie y Hudson Williams, se ha convertido en un campo de batalla cruel alimentado por relaciones parasociales, desinformación y agresión en línea desenfrenada.
El aumento de la toxicidad del fandom
La serie, que se estrenó a finales de noviembre, rápidamente catapultó a sus protagonistas al estrellato de la noche a la mañana. Esto desencadenó un ciclo incesante de seguimiento de cada aparición pública, escrutinio de vidas personales y análisis de rumores. Cuando aparecieron fotos de Storrie y François Arnaud en una fiesta posterior a los Grammy, las cuentas de los fanáticos debatieron durante horas si debían compartirlas, temerosos de posibles reacciones negativas por el uso de imágenes de paparazzi. Esto ilustra una dinámica clave: el fandom ahora opera como una entidad autocontrolada, que hace cumplir sus propias reglas sobre el abastecimiento de contenido.
La intensidad es asombrosa. Los fanáticos vuelven a ver los episodios de manera obsesiva, y el 15% ha visto algunos episodios cinco veces o más. El fervor se ha extendido a la vida real, y las fiestas de observación siguen prosperando meses después del final. Pero debajo de la superficie, se está gestando una oscura corriente subterránea.
De la obsesión al acoso
La tendencia más preocupante es la voluntad de convertir la información personal en un arma. Los viejos videos de Storrie en YouTube se volvieron virales, mientras que los intentos de desenterrar la huella digital de Hudson Williams llevaron a que se le atribuyeran críticas inventadas, lo que desató “guerras de Stan” con otras bases de fans. Esto culminó con Williams siendo blanco de insultos racistas, aunque él los desestimó con un comentario desdeñoso sobre las “cortezas frontales desarrolladas”.
El debate sobre la rumoreada relación de Storrie y Arnaud se ha vuelto particularmente tóxico. A pesar de la diferencia de edad de 15 años, algunos fans inundan el Instagram de Arnaud con amenazas e insultos, incluso acosando a sus ex parejas. La tajante negativa de Arnaud a comentar sobre el asunto (“No es asunto tuyo”) sólo avivó el fuego.
El papel de las plataformas de redes sociales
El problema no es sólo el fandom; son las plataformas que lo permiten. X (anteriormente Twitter) se ha convertido en un caldo de cultivo para el odio desenfrenado, con racismo rampante, homofobia y retórica extremista. La monetización de las marcas azules incentiva la participación a cualquier precio, incluidos la indignación y el conflicto.
Mientras tanto, cuentas como Deuxmoi son acusadas de amplificar el drama al compartir información no verificada, alentando aún más a los fanáticos a profundizar en la vida personal del elenco. Cuando un periodista solicitó una entrevista con Nicki Minaj, ella compartió la información del reportero, dando a entender que sus fans podrían “hacerse cargo del resto”.
Un ciclo de desinformación e indignación
La situación pone de relieve un ciclo peligroso: los fans se sienten con derecho a controlar la narrativa, vigilar la sexualidad de los actores, las diferencias de edad e incluso las supuestas opiniones políticas. Esto se extiende a las consecuencias en el mundo real: los rumores sobre la novia de Williams llevaron a que ella fuera acosada a pesar de la falta de pruebas concretas.
Incluso los expertos de la industria están atrapados en el fuego cruzado. El reportero de Out Magazine, Moisés Méndez II, fue reprendido por defender a Arnaud contra ataques racistas, acusado de ser miembro del “Klan” por priorizar su seguridad sobre la indignación. El creador del programa, Jacob Tierney, ha denunciado públicamente el comportamiento “tóxico”, pero se niega a intervenir, lo que indica una actitud de no intervención.
El panorama más amplio
El fandom de Heated Rivalry es un microcosmos de una tendencia más amplia: las relaciones parasociales que salen mal. Los fanáticos están desdibujando cada vez más la línea entre admiración y propiedad, actuando como protectores autoproclamados de sus celebridades favoritas. Este comportamiento no es nuevo (los fanáticos de Taylor Swift engañaron a un escritor de Pitchfork por una crítica negativa), pero la intensidad y velocidad con la que se intensifica son alarmantes.
En última instancia, la situación revela una verdad inquietante: en la era de las redes sociales, el fandom puede convertirse fácilmente en una mafia, y la línea entre el apoyo y el acoso es más delgada que nunca.
